Las 3 caras del perdón – El deudor malvado


CUENTO: El deudor malvado (también conocido como la parábola de los dos deudores)


Fuente: Parábola de Jesús, Mateo 18:23-35

Parábola de los dos deudores

Un rey perdona al hombre que llevó a su reino a la quiebra. Pero pronto se arrepiente de haberlo perdonado.


RESUMEN DEL EPISODIO


Existen 3 tipos de perdón:

  1. Eximir de las consecuencias: Decirle al otro que ya no te debe nada, no te tiene que pagar el dinero que le prestaste.

  2. Reconciliación: Volverle a prestarle dinero confiando que esta vez sí te va a pagar.

  3. Sanar: Dejar de sentir rencor contra la persona que no te pagó. Recuperar lo que perdiste por tu propia cuenta, para que la pérdida ya no te duela. Desearle el bien al otro, así no cambie.

Eximir a alguien de las consecuencias de sus actos puede ser un acto de misericordia, pero también puede ser tóxico si esa persona simplemente lo va a volver a hacer.

Reconciliar con el otro solamente se puede hacer si la otra persona cumple con 4 pasos:

  1. Reconocer el daño que hicieron
  2. Arrepentirse y cambiar de tal forma que nunca lo volverían a hacer
  3. Remediar el daño
  4. Pedir perdón

Incluso si tú quieres volver a confiar en el otro y reconciliarte con él, a menos que la otra persona tome la iniciativa y cumpla con esos pasos, esa reconciliación no será posible, porque no ha cambiado y seguirá haciendo lo mismo, y tú quedarás peor.

Tampoco es posible reconciliar sin antes haber sanado. No puedes recibir al otro si todavía lo odias.

El único perdón que sí o sí tienes que alcanzar es el perdón interno: sanar desde adentro, de tal forma que sueltes cualquier odio o rencor que tengas contra el otro, y puedas llegar a desearle el bien.

Este tipo de perdón, la sanación, no tiene nada que ver con la otra persona. El otro puede estar muerto, puede no cambiar, puede no importarle. Este perdón lo tienes que hacer tú, para ti y para nadie más.

Cargar con rencor solamente te hace daño, y al otro no le afecta, así que tienes que sanar tu propia herida al punto de que ya no te duela lo que el otro te hizo, y ya no necesites nada de él: ni que te pague, ni que sufra.

Esto no implica eximirlo de las consecuencias, pero sí implica que, pague o no pague, tú vas a estar bien.

OTRAS FUENTES


Mucha de la información en este episodio sobre las distintas clases de perdón viene del concepto judío, quienes le dedican mucho al tema del perdón y el arrepentimiento.

At the Threshold of Forgiveness: A Study of Law and Narrative in the Talmud

El remordimiento – Jorge Luis Borges – Ciudad Seva – Luis López Nieves


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


Esto es vivir con valor. Soy Achira.

Siempre nos dicen que hay que perdonar. Pero, ¿qué significa eso realmente? ¿Qué implica perdonar? Lo que pasa es que hay perdones diferentes. Y no, no se debe perdonar siempre. Y no a todos.

Es más, hacerlo puede ser sumamente peligroso.

Te voy a contar un cuento muy, muy, muy antiguo. Hace muchísimo tiempo, un rey se dio cuenta que le faltaba dinero. Mucho, muchísimo dinero. Tanto, que se podría quebrar el reino entero.

Alarmado se puso a hacer cuentas y descubrió que había un único responsable. Mandó a los guardias a llamar al hombre. Y el rey, enfurecido, mandó a que el hombre y toda su familia, su esposa, sus hijos, fueran vendidos como esclavos. Sabía que no podrían pagar la deuda trabajando. Ni que trabajaran doscientos mil años. Era demasiado, demasiado dinero.

Pero no importaba que fuera imposible pagar la deuda. El rey lo que quería era venganza.

Pero el hombre se tiró al piso, llorando, llorando, rogándole al rey que, por favor, que le diera tiempo. Que él se lo iba a pagar. Que no lo vendiera como esclavo. Que él iba a trabajar. Que iba a invertir. Que iba a hacer hasta lo imposible para recuperar el dinero. Que, por favor, que tuviera misericordia.

Y el rey, viendo al hombre allí tirado, llorando, a los niños, a la mujer, se calmó un poco. Y entendió que la venganza no ayudaría de nada. El daño ya estaba hecho. Ya no había nada que hacer. Esa cantidad tan exorbitante de dinero no se podía recuperar. Definitivamente no se podía recuperar poniendo al hombre y a su familia a trabajar de esclavos.

Y el rey no era una mala persona. Y se compadeció de la tragedia humana. No tenía idea cómo iba a arreglar el problema, cómo iba a levantar nuevamente el reino. Pero poner a sufrir a este hombre, con toda su familia, no iba a servir de nada.

Así que el rey, habiéndose calmado un poco, dijo algo que nadie se esperaría. Dijo, levántate. Tranquilo. No me tienes que pagar nada. Eres libre.

El hombre no se la podía creer. Y salió corriendo del palacio, feliz, feliz. Y lo primero que hizo fue celebrar.

Pero mientras se estaba tomando y festejando, de repente, vio a un hombre que le debía plata a él. Inmediatamente, toda su alegría se le fue en un instante. Y el hombre se llenó de enojo.

Este hombre no le debía mucho, realmente. Cien moneditas de plata, apenas. Seiscientas mil veces menos de lo que él le había debido al rey. Pero no importaba. Plata es plata.

Y el hombre, enfurecido, brincó de la mesa y empezó a perseguir al otro hombre, al deudor. Empezó a estrangularlo y a golpearlo, a gritarle, ¡págame lo que me debes! ¡págame lo que me debes, maldito!

El hombre, llorando, le suplicaba, por favor, dame un poco más de tiempo. Te voy a pagar todo, te lo juro.

Pero al primer hombre no le valieron las súplicas y se llevó arrastrado a aquel deudor y lo hizo meter a la cárcel. Y le dijo a los guardias que no lo soltaran hasta que, quién sabe cómo, reuniera el dinero para pagarle hasta la última moneda.

Pues muchas personas presenciaron este acto. Y ya sabían cómo este hombre había hecho que el reino casi que llegara a la ruina y cómo el rey había tenido misericordia y le había perdonado todo.

Y enfurecidos, varias personas fueron a decirle al rey lo que había pasado.

Y cuando el rey se enteró, nuevamente se llenó de una cólera y mandó a traer a aquel hombre. Y le dijo, malvado, ¿cómo pudiste? Yo, todo, todo lo que te había perdonado, yo tuve misericordia sobre ti porque tú me rogaste. Y ahora, por una deuda tan chiquita, tan insignificante, ¿vas a maltratar a alguien?

Habiendo recibido tanta misericordia, no eres capaz de mostrársela a alguien que la necesita muchísimo más que tú.

Guardias, llévenselo.

Esta vez el rey no mandó a llamar a la esposa ni a los hijos porque sabía que ellos no tenían nada que ver. Y esta vez no le interesaba la venganza. No quería simplemente que el otro sufriera, pero había entendido que este hombre no merecía su perdón y que si seguía así, sin tener que pagar ninguna consecuencia, seguiría arruinando más y más vidas.

El hombre nuevamente rogó, suplicó, pidió misericordia, pero esta vez el rey no le prestó atención y mandó encerrarlo en la cárcel, hasta que pagara lo último que debía.

Y como la deuda era tanta, seguramente los huesos del hombre muerto hace mucho tiempo siguen en el calabozo hasta el día de hoy.

Por lo general, cuando pensamos en el perdón, pensamos en esto, en borrar la deuda, en eximir de las consecuencias, en decir, tranquilo, no me debes nada. Pero en realidad hay tres tipos de perdón, y no todos aplican, no para todas las personas y no en todos los momentos.

Por ejemplo, una cosa es borrar una deuda, otra muy distinta es volverla a prestar, ¿no? Ambas son formas de perdonar, pero no son lo mismo. Uno puede borrarle la deuda a alguien, pero no confiar en él, y lo perdona de una forma pero no de la otra.

Y está también el perdón desde adentro, desde uno mismo, lo que hizo el rey cuando se dio cuenta que la venganza no serviría de nada, que odiarlo y hacer que sufriera él y toda su familia no iba a recuperar lo perdido.

Y la segunda vez, cuando lo mandó enviar a la cárcel, no lo hacía desde el odio, porque lo mandó solo, no le hizo daño a la familia, no le deseaba el mal realmente, simplemente lo castigaba porque sabía que este hombre había que contenerlo. Eso también es un tipo de perdón.

Entonces, los tres tipos de perdón son los siguientes:

Esto no implica eximir de las consecuencias, y esto no implica volver a confiar en el otro. Pero sí implica que yo, desde mí, ya no lo odio. Que llego a un punto de que lo puedo soltar, de que no necesito que me pague nada, porque yo misma ya sané. No busco venganza, no quiero que sufra. Es más, llego a tal punto de sanación que hasta le deseo el bien.

Si quieres saber más sobre este tema, más adelante haré episodios sobre cada uno de estos perdones hablando en detalle, pero por ahora los describo de manera general.

Primero, eximir de las consecuencias, borrar la deuda. Ese es el perdón que más nos venden, el que más se imagina la gente cuando piensan perdón. Pero esa es una decisión que tú puedes tomar libremente. Tú no tienes necesariamente obligación de eximir a nadie de las consecuencias, porque la realidad es que es una deuda que ellos tienen, y la deberían pagar.

Y en algunos casos, lo mejor es tener misericordia y decir, tranquilo, tranquila, no me debes nada, no me tienes que pagar. En otros casos, no. En otros casos es muy, muy, muy importante que la persona vea que sus actos tienen consecuencias, porque si se le perdona, va a seguir haciendo lo mismo. Hay personas que no merecen este perdón y que no deberían ser perdonadas, porque lo van a seguir haciendo.

Voy a dar varios ejemplos.

Por ejemplo, una maestra tiene un jarrón muy bonito y muy especial en clase, y unas niñas se ponen a jugar y tumban el jarrón. ¿Debería la maestra hacer que las niñas paguen el jarrón? Depende.

Al fin y al cabo, la decisión es de la maestra, ¿no? Y al fin y al cabo, las niñas son responsables de haber roto el jarrón, y por lo tanto, deberían pagarlo, ¿no? Pero hay que mirar muchos factores.

Por ejemplo, si fue verdaderamente un accidente, si las niñas son niñas pobres que siempre se han portado bien y que han hecho lo posible para ser cuidadosas con las cosas, y la maestra sabe que estas niñas no solamente no podrían jamás pagar el jarrón, sino que están en una familia, en una situación familiar abusiva, y que sus padres, al enterarse, las golpearían y las tratarían mal, y que sería un sufrimiento demasiado grande para ellas, y que realmente están muy arrepentidas y están llorando, y vienen y ahí mismo le dicen a la maestra, lo sentimos, no quisimos hacerlo, y están tratando de recoger las piezas, y están mirando qué formas hay para repararlo, para hacer algo.

Ese es un escenario muy diferente a si, por ejemplo, las niñas son unas niñas ricas, malcriadas, que ya se les ha dicho muchas veces que tienen que tener cuidado, y no les importa, y son bruscas, y ya han roto cosas antes, y cuando rompieron el jarrón, por ejemplo, lo escondieron y no quisieron decir que habían sido ellas, o incluso le echaron la culpa a alguien más, o mintieron al respecto.

En este caso, es muy posible que lo mejor sea llamar a los padres de las niñas, mostrar la evidencia, y decir, ustedes tienen que aprender que sus actos tienen consecuencias, yo no sé cómo lo van a hacer, pero ustedes van a tener que trabajar, el dinero que sus padres les dan para comprar dulces y cosas en el colegio, lo van a tener que usar para pagar este jarrón, para que aprendan, para que no sean así, para que no vuelvan a hacer lo mismo.

Mientras que el primer caso, puede que requiera y que merezca misericordia.

O por ejemplo, hay casos donde una persona comete un crimen, y es la víctima la que tiene que decidir si presentar cargos o no.

Pensemos en el caso de un chico que está conduciendo con exceso de velocidad, y atropella y mata a mi mascota. ¿Lo denuncio? ¿Llamo a la policía? ¿Me asesoro con abogados para insistir en que pague lo que dice la ley? ¿O dejo así? No, no, no hago nada, no presento cargos, dejemos así más bien.

Iba con exceso de velocidad, estaba mal, y por lo tanto, lo correcto es que pague lo que diga la ley.

Pero uno como víctima puede elegir si presentar cargos o no. Y es muy distinto si, por ejemplo, la persona inmediatamente frena el carro y se baja llorando, y trata de llevar a la mascota a la clínica. Iba con exceso de velocidad porque iba tarde para una entrevista de trabajo, pero más bien dejó perder esa entrevista porque le importó más la mascota.

Y paga todo lo de la clínica, y se disculpa, y está muy arrepentida, y ves que está sufriendo. Esos son factores a tener en cuenta. Otra cosa muy distinta es si la persona iba encima de con exceso de velocidad conduciendo borracha, y cuando atropelló a la mascota, simplemente se fue. Ni siquiera se detuvo a mirar cómo estaba. Son escenarios muy diferentes.

Muchas veces uno perdona este tipo de perdón, eximir de consecuencias, borrar la deuda, simplemente porque es lo más fácil. No, dejemos así. El papeleo, la denuncia, el sistema judicial como es de problemático en mi país, nada me puede recuperar a mi mascota, ya qué, ya para qué, ah. O estar detrás de esas niñas, cobrándoles los papás que son bien mala clase, que me van a poner problema a mí. No, para qué, para qué. Mejor dejemos así.

La víctima tiene todo el derecho de decidir no cobrar una deuda, pero la conveniencia no suele ser la mejor razón. Para tomar una decisión informada, lo mejor es mirar si esta persona no tiene que pagar consecuencias. ¿Lo va a volver a hacer? Esa es la pregunta que hay que hacerse. Si a esta persona no le exijo que pague nada, ¿lo va a volver a hacer? ¿Se lo hará a otro? Esa es la pregunta más importante para hacerse antes de tomar una decisión si eximir a alguien de las consecuencias o no.

Esta decisión solamente tiene derecho a tomarla la víctima directa. Y la víctima directa tiene todo el derecho de tomar esa decisión, sea cual sea. Pero hay que saber si se le perdona la deuda a alguien que no lo merece. Si se exime de consecuencias a alguien que no se ha arrepentido y que no le importa, lo más seguro es que lo volverá a hacer. Y si no te lo vuelve a hacer a ti, seguramente se lo hará a otro.

Miremos otro tipo de perdón, la reconciliación. Este sí, por más que la víctima quiera perdonar y volver a confiar en el otro, no debería, a menos que el otro cumpla con cuatro cosas.

Si este perdón se entrega sin que la otra persona haya cumplido con estos cuatro pasos, se hace muchísimo más daño que bien. Porque la otra persona no ha cambiado, y va a volver a hacer lo mismo, y te va a volver a lastimar.

Y este perdón es imposible sin que primero haya sucedido el perdón desde adentro. El perdón de sanar.

Para sanar, tú no necesitas que el otro te pida disculpas. Tú no necesitas que el otro cambie, que el otro se arrepienta. Tú no necesitas absolutamente nada del otro. El otro puede estar muerto. El otro puede estar haciéndole lo mismo a otra persona. No importa.

Lo que sí importa es que tú tienes que sanar. Y esto sí es obligación tuya. Lo ideal, por supuesto, sería que el otro contribuya a esa sanación. Que te pague la terapia, los gastos médicos, que te reponga todo lo que quitó. Pero por lo general eso no pasa. Y pase o no pase, al fin y al cabo, quien sana eres tú.

Y te va a tocar trabajar duro. Porque este perdón es difícil, pero no te puedes quedar ahí. Ese odio que tú le tienes al otro es como tragarte un veneno esperando que el otro se muera. Al otro no le afecta. No le importa. No le hace nada. Solamente te hace daño a ti. Y por lo tanto, sí o sí, tienes que soltar ese odio.

No tienes que hacerlo ahí mismo. Son pocas las personas iluminadas que son capaces inmediatamente de no sentir ningún rencor por el otro, de perdonarlo a tal punto de que no les afecta, no les duele. Pero tienes que llegar al punto de que ya no te duela.

¿Cómo hacerlo? Pues lo primero es alejarte de lo que te está haciendo daño. No hay forma que sanes mientras te sigan lastimando. Tienes que alejarte de ahí. Tienes que cortar con eso.

Y una vez ya estés a salvo, ahí sí, terapia, terapia, terapia, terapia y más terapia. Lo que sea que sea terapia para ti, ya sea ir a la psicóloga o ya sea expresar tu ira y tu dolor por medio del arte o hacer ceremonias en el bosque. No importa, cada uno tiene su medicina, pero tú mismo tienes que buscar esa medicina. Tú mismo tienes que sanarte hasta que llegues al punto que te des cuenta. Ya no me duele. Sí, este fue un daño muy grande, pero ya estoy bien. Ya recuperé todo lo que perdí, todo lo que me quitaron. Ya estoy bien. No odio al otro. Lo suelto.

Puede que de todas formas presentes cargos. Puedes perdonar a alguien desde adentro y aún así insistir que tiene que pagar, que tiene que ir a la cárcel, que tiene que asumir las consecuencias de sus actos.

Este tipo de perdón de sanar no significa que tienes que borrarle la deuda al otro para nada, pero tú puedes mandarlo para la cárcel con amor. Sé que suena muy raro, pero hacerlo desde un punto donde no lo haces por venganza, no te interesa que sufra. Antes quieres el bien para esa persona y sabes que lo mejor para ella es que pague un castigo. A ver si de pronto así aprende o por lo menos que ya no esté en una posición donde le pueda hacer el mismo daño a otras personas.

Tienes que llegar al punto en donde recuperes todo lo que te quitaron y ya no te duele y ya miras al otro no con ira, no con dolor, sino con compasión.

Puede que te tome muchos meses o incluso años para llegar a este punto, pero tienes que llegar a este punto y tienes que estar trabajando todos los días para llegar a este punto. No puedes quedarte así.

Lamento tanto que te hayan herido. No lo merecías, pero ya el daño está hecho y el daño está en ti y por triste que sea, lo más seguro es que nadie más va a venir a sanarte. Deberían, pero lo más seguro es que no lo van a hacer, así que tú tienes que hacerte responsable de tu propia sanación.

Puede que sea un camino duro, un camino largo, pero será un camino hermoso y con cada paso que avances será un poquito más fácil y estarás un poquito mejor.

No tienes que olvidar, pero tienes que llegar al punto donde el recuerdo no te consuma, donde el daño no te defina, donde crees tu propia historia. Seguramente será difícil, pero te prometo que es posible.

Sanar es el perdón más importante que hay. Eso sí que es para valientes, pero bueno, para eso estamos, ¿no? Para vivir con valor.

Gracias por escuchar mis historias. Ahora ve a vivir las tuyas.